Conectados

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Por Emilio Rodríguez García

De aquellos barros, estos lodos


Hace unos días me topé con un hilo del economista Jesús Fernández-Villaverde, que analizaba el PIB per cápita de España desde 1277 hasta 2024. Siete siglos de datos condensados en unas cuantas líneas. Sonaba increíble.

Curiosamente -y siempre según los datos económicos analizados- la gran caída de España frente a potencias como Gran Bretaña o Francia no ocurrió con la pérdida del Imperio. Ocurrió durante el siglo XIX, cuando Europa entera se subió al tren de la industrialización y nosotros decidimos quedarnos en el andén.

Mientras el resto modernizaba infraestructuras, flexibilizaba mercados y apostaba por la producción, España vivió de las rentas de un modelo que ya había caducado. ¿Os suena de algo? Porque esa tendencia de negar la realidad hasta que el agua llega al cuello no es solo historia, es un patrón que seguimos repitiendo hoy en día.

No fue hasta 1959, con el Plan de Estabilización, cuando realmente hubo un punto de inflexión en nuestra economía. Y fue a consecuencia de una apertura interna que transformó la economía española de una forma que ninguna ayuda externa habría logrado. La salvación vino de dentro, no de fuera.

Tendemos a sobrevalorar las ayudas externas. Los fondos europeos, las subvenciones, la inversión pública de origen extranjero. Son útiles, sí. Pero el verdadero milagro económico siempre ocurre de puertas para dentro: mercados que funcionan, competitividad real, condiciones que atraen inversión porque merece la pena invertir aquí. La caridad internacional no construye economías. La competitividad, sí. Y esto, es otra cosa que podríamos aprender de nuestra situación actual.

Dependemos de nuestros líderes. Nos tomamos a la ligera la idea de votar y nos enzarzamos en colores e ideas políticas cuando lo que estamos haciendo es bailar al son de los que (nos) mandan. Y eso tiene consecuencias. Puede que no sean a corto plazo, pero vendrán. Mirad si no el caso de Italia; desde los años 80, arrastra un declive sostenido provocado no por falta de talento ni de recursos, sino por un liderazgo político nefasto.

La inestabilidad de un país no sale en el IPC, pero lo paga todo el mundo. Ahuyenta a quien quiere planificar algo a más de cuatro años vista. Y convierte las decisiones de largo plazo en una apuesta demasiado arriesgada.

Cuando los gobernantes se enzarzan en peleas absurdas, el coste lo paga la economía entera. Es triste ver cómo la polarización puede secuestrar el potencial de países que, por lo demás, lo tienen todo para liderar, como sería el caso de España. La inestabilidad política es el impuesto invisible más caro. Y lo pagarán nuestros descendientes.

La gran lección que deja esta radiografía de 700 años es que los países no caen de golpe. Se van quedando atrás mientras miran hacia otro lado. Y a nosotros está a punto de darnos una tortícolis de tanto girar el cuello para no ver la realidad que tenemos delante.

Si queremos preservar el bienestar que tanto costó construir desde 1959, necesitamos algo que históricamente nos ha costado mucho: asumir que el cambio no es opcional, y que reformar antes de que nos obliguen es siempre mejor que hacerlo cuando ya no queda otra. De lo contrario, estaremos escribiendo el guión del siglo XIX. Otra vez.